Aïtïaïn vivía en el segundo piso de la zona obrera, no era hijo único, pero al ser el varón, era quien tenía que acompañar a su padre Tonyo a trabajar el campo. Su hermana Riarmá ayudaba a su madre SyrVía a mantener en orden la casa y a tejer para la corte.
Aïtïaïn se encontraba recogiendo lechugas con su padre 20.000 tics pasados de medio-sole, cuando un mensajero real pasó pregonando:
- Se hace saber,
que por orden Real,
por uno o más hijos varones,
que se alisten al Ejército SKalaor,
sus familias serán recompensadas,
con una casa en el barrio alto de la corte
y una paga vital para tres generaciones.
Al terminar de escuchar el pregón del mensajero, que recorría todos los campos de Trep, la isla-continente de la raza SKlaor, Tonyo se dio media vuelta y empezó a reírse a carcajadas.
Aïtïaïn se quedó muy quieto y palideciendo más allá de la piel típicamente amarilla de su raza le dijo:
- ¿Qué tiene tanta gracia?
Su padre, con los brazos extendidos avanzando hacia él, le contestó:
- Que tú te vas a apuntar, pero ya mismo.
- ¿Y si no quiero? Preguntó el joven retrocediendo.
- ¡TE OBLIGAREMOS! Gritó el padre a la vez que le saltaba encima.
Aïtïaïn esquivó a su padre de un salto y salió corriendo con toda la fuerza que le daban las dos rodillas de cada una de sus dos extremidades inferiores.
Llegando a casa vio a su madre y a su hermana en la puerta, cosa extraña, pues a esa hora debían estar dentro tejiendo, a no ser... que ya lo supieran.
El joven SKalaor se acercó un poco más para comprobar como su madre y hermana sonreían maliciosamente. Entonces no le cupo duda alguna. Debía huir.
¿Cómo huir de una isla? La única manera, la única salida, el mar.
Corrió lo más rápido que pudo, saltó con todas sus fuerzas, para alejarse lo más posible de esa isla de locura, que hasta esa mañana hubiera llamado hogar, e incluso Patria.
Ya en el aire se acordó de algo muy importante, no le gustaba para nada el agua, y de algo todavía más importante, no sabía nadar.
Se hundiría como una piedra.
Cualquier cosa mejor que seguir trabajando de sol a sol o pertenecer al ejército. Este fue su último pensamiento, mientras chocaba contra las cálidas aguas del Este de Trep.
Sin saber el tiempo que había pasado, se despertó en la orilla de Goujjy, seco, pero lleno de salitre.
Para que no le encontraran buscó refugio en una cueva cercana del acantilado.
Tuvo la idea de quedarse en el fondo de la misma seguro y salir pasado un tiempo.
Pero la cueva parecía no tener fondo.
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